Psicoterapia

¿Dónde Diablos Dejé La Empatía?

Una de las frases más requeridas en toda tragedia es “incluso en las crisis más profundas se obtiene un aprendizaje”. Muchos de nosotros/as la tenemos incorporada como parte de nuestro repertorio y la sacamos a relucir, ya sea como consejo, práctica o consuelo.

En estos tiempos de COVID-19, hemos observado una gran cantidad de conductas que, en momentos en donde debía primar el distanciamiento social y la preocupación tanto por sí mismo cómo por los otros, se alejan bastante de lo que entendemos por convivencia social: personas en las calles sin motivo alguno, fiestas con grandes grupos humanos, filas interminables para realizar compras desmesuradas, gente sin mascarillas o protección alguna, etc. Mientras en la otra vereda, el personal de salud solicitaba encarecidamente que nos quedáramos en casa, con lágrimas en los ojos por el inmenso dolor que les tocaba ver.

Pero ¿por qué tanta indolencia?, ¿qué nos ocurrió como sociedad que nos dejo de importar el otro?, ¿dónde diablos dejamos la empatía?

Empatía

Pero que es esto a lo cual todos y todas apelamos para con los otros/as. Repasemos. En palabras simples, se entiende como ponerse en los zapatos del otro o en el lugar del otro. Pero esta capacidad, involucra una serie de mecanismos que se empiezan a desarrollar desde nuestros primeros años de vida y en el cual todos/as, jugamos un rol determinante.

Existen diversos estudios en los últimos años, que se han ocupado de la empatía, concepto que nace a partir de la estética, como una forma de entender el arte y lo que esta intentaba representar a manos del artista. En psicología la empatía es la capacidad de comprender al otro, basada en el reconocimiento del otro cómo similar. (Avances en Psicología Latinoamericana, vol. 32, núm. 1, 2014, pp. 37-51) Parece simple, pero debemos entender que esta capacidad involucra procesos cognitivos y procesos afectivos-emocionales fundamentales para su puesta en marcha.

El desarrollo de la empatía nace en nuestros primeros meses de vida y se pone en juego con los primeros lazos emocionales que se van configurando en nuestras relaciones primaria, madre-padre-cuidador. Esta capacidad innata en todo ser humano, tiene componentes genéticos (predisposición relacional) y componentes socio-relacionales, ya que se desarrolla en relación con otros.

De esta manera, como existe está predisposición a relacionarnos con otros (genética), el cómo desarrollamos esta capacidad se pone en juego con nuestras primeras relaciones. Cuando nuestros cuidadores primarios tienen la capacidad de entender y modelar las emociones del bebé, a través del reconocimiento y cuidado, estamos sentando las bases de la empatía. Que estas experiencias sean satisfactorias depende de nosotros para el desarrollo adecuado de esta capacidad, ya que es importante entender, que el desarrollo de habilidades de regulación emocional en el bebé determina las competencias emocionales futuras

Visto así, la empatía es un cúmulo de experiencias con otros, que nos permiten conocer y entender no sólo lo que les ocurre a otras personas (ponerse en el lugar de), sino que conocer y entender lo que nos ocurre a nosotros mismos, ya que es necesario entender nuestra propia emoción frente al medio para comprender la emocionalidad de otra persona. Por este motivo esta capacidad es tan vital para la vida en sociedad.

Ejemplo: cuando escuchamos a un bebé llorar, aunque no le conozcamos, sentimos la necesidad de detener ese llanto, ya que de manera innata nos importa que ocurre con el o ella.

Como vemos, la capacidad empática no sólo tiene que ver con reconocer a otros/as, sino que también esta relacionada directamente con entender que me ocurre a mi, frente a determinados estímulos, (miedo, alegría, curiosidad) por lo cual, si esta capacidad está disminuida, se disminuye mi capacidad de entender – sentir que ocurre conmigo.

Sin duda que de esta crisis debemos aprender y, tal vez, uno de los aprendizajes más importantes es preguntarse cómo lo estamos haciendo como humanidad y hacia donde queremos ir, ya que mucho más peligroso que el virus es la indolencia frente al sufrimiento de otros.

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